
De un tiempo a esta parte, el cineasta Gaspar Noé está obsesionado con la destrucción del lenguaje cinematográfico clásico. Con Irreversible, el argentino propuso una historia terrible de venganza que comenzaba por el final y volvía atrás pasito a pasito, en 100 de los minutos más inolvidables (para bien o para mal) para la vida del espectador. Con Enter the Void la experimentación va mucho más allá y no sólo por su duración, de más de dos horas y media, sino porque esta vez nada queda de la herencia que el séptimo arte (abarcando toda película concebida desde los orígenes del cine hasta el rodaje de la que nos ocupa) le haya podido aportar al director: el argumento, su estructuración, la puesta en escena o el propio empleo de la cámara; todo en Enter the Void es una revolución, una innovación radical y, por supuesto, un motivo más para la adoración o el desprecio de su arte.
Porque con Gaspar Noé no existen medias tintas. O se le ama o se le odia. Y cierto es que en esta ocasión la comunión con sus métodos se antoja mucho más difícil. El de Buenos Aires se ha convertido en un radical casi impenetrable y su último trabajo así lo demuestra, es excesivo, extravagante, largo, alargado, pausado y difícil. En definitiva, exigente.
— Tomado de La casa de los horrores.
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